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Medievalismo mágico

“Juego de Tronos” (“Game of Thrones”, 2011, basada en la serie literaria de George R. R. Martin) sigue el camino que la HBO traza para todas sus creaciones: una producción muy cuidada hasta el más mínimo de los detalles, tiempo para desarrollar el guión, una buena selección de los actores, unas tramas interesantes y sobre todo un gran desarrollo de los personajes.

Con esta serie nos adentramos en una Edad Media un tanto sui generis, ya que a lo largo de los diez capítulos de su primera (y hasta el momento única) temporada se alternan los complots en la corte, los duelos de espada y las justas con personajes inverosímiles y ajenos a este mundo real, como los ‘White Walkers’ que sirven de apertura en el primer capítulo. En “Juego de Tronos” se atisba lo que se ha comprobado en “Tru Blood” (también de la HBO): un creciente número de personajes mágicos a lo largo de las próximas temporadas.

Game of Thrones, al contrario de lo que suele pasar con otros productos de la HBO (que necesitan, como dicen de los buenos vinos, de un tiempo para acabar de atrapar), engancha desde el primer momento. Tiene todos los ingredientes necesarios para resultar atractiva. Tramas simples pero no facilonas; personajes muy bien desarrollados, con unas relaciones muy bien construidas; los suficientes momentos de acción para no ser lenta, pero no los demasiados para confundirse con “Spartacus”; conjuras palaciegas y hasta un toque “padrinesco”: la familia es lo primero.

No podría deciros de qué va “Game of Thrones” sin reventar la serie, sin convertirme en un mago del spoiler. A grandes trazos es lo que ya os comenté, una muestra del poderío cualitativo de la HBO: buen guión, una trama entretenida, buenos actores, mejores personajes… Todos los capítulos acaban en un “in crescendo” formidable… y qué decir de la conclusión de la primera (y hasta ahora única temporada). Te deja con muchas ganas de más y con afán de decirle un par de cosas a aquél que se inventó lo de “lo bueno si breve, dos veces bueno”. Pues no, queremos más; queremos conocer los tejemanejes de los Siete Reinos. Queremos más Medievo. Y más Magia.

Cenizas de ladrillo

“Crematorio” es el producto estrella de Canal Plus basado en la novela de Rafael Chirbes. La promoción ha sido sensacional, al mismo nivel que sus programas más vistos. Desde el conglomerado del grupo Prisa crearon una gran expectación que, sin que sirva de precedente, ha sido correctamente correspondida. “Crematorio” es una fantástica serie (o “mini-serie”, como prefiráis) de ocho capítulos, en la que se analiza perfectamente el cáncer de la sociedad española: la corrupción, el trampeo, el intentar ser más listo que los demás.

José Sancho borda el papel de Rubén Bertomeu, un constructor ambicioso, que solo tiene un ansia: el dinero. Para conseguirlo destruye una tierra. La suya. Missent, un municipio de la costa valenciana. ¿Benidorm?, ¿Gandía? Sí y no. Tal vez uno, o seguramente todos ellos. La serie está ambientada en el levante español, pero podría narrar cualquiera de esas pequeñas grandes historias. Un empresario sin escrúpulos, listo como el hambre, levanta un imperio ahogando bajo sus cimientos a descerebrados que se venden por un puñado de dólares. Necesitados por cuatro perras que malvenden el terreno en el que crecieron sus abuelos para que snobs y nuevos ricos puedan veranear a tres pasos del mar.

En Crematorio podemos diferenciar seis tipos de personajes.

Rubén Bertomeu compra a todos los políticos, los tiene bajo su yugo. Los somete con promesas y fajos de billetes. Los corrompe, juega y baila con ellos. Los tiene comiendo de su mano. Al igual que a su mujer, a su nieta, a sus matones, a su abogado. Es un titiritero llevando los hilos de Missent, siendo esta localidad costera una metáfora de la sociedad en general.

Juana Acosta interpreta a Mónica, la mujer de Rubén. Ingenua, preciosa, cree saber lo que quiere. Mónica es la gran engañada en la comedia de “Crematorio”. Es la que más sufre sin obtener un máximo beneficio. Saca dinero, como todo el mundo en esta serie, pero el dolor no lo compensa.

Silvia Bertomeu, la hija de Rubén, es Alicia Borrachero. Independiente, cómplice, se aprovecha de la situación, pero se lava las manos. Ve pasar toda la inmundicia a su lado y no hace nada por intentar limpiarla. Solo se preocupa en no estropear sus caros zapatos de marca. Lleva una galería de arte, cuyos compradores acuden gracias a su padre. Ella finge no saber nada, pero es culpable como la que más.

Zarrategui, el abogado, interpretado por Pau Durà. Intermediario de la ley. Posee influencias tanto en la política como en la comisaria. Nunca se pilla las manos. Ayuda a Rubén a situarse en la alegalidad, ese limbo inmoral entre lo que la justicia castiga o deja estar.

Los políticos. Al igual que el abogado Zarrategui, los políticos ejercitan su “arte” de la corruptela en los despachos y aparecen tan fielmente retratados en “Crematorio” que siempre cuesta saber si los informativos que salen en la serie son de realidad o de ficción.

Las víctimas. Ciudadanos sin rostro, prostitutas, matones… son los peones en un juego de ajedrez en el que solo ganan las altas esferas. Son sacrificados a la mínima. Sarcós, Collado, Irina… forman parte del entramado mafioso donde ellos ponen el sudor de su frente y no reciben ningún beneficio.

El producto final es casi perfecto. El guión es inmejorable, técnicamente no tiene nada que envidiar a las grandes series de nuestro tiempo, las actuaciones son casi todas impecables. Hasta el tema de apertura, de Loquillo, es exquisito.

“Crematorio” constituye un fiel reflejo de la actualidad en algunas zonas de nuestra piel de toro. Todo acaba y termina en el mismo sitio, al igual que en la vida real. La sociedad es una incineradora construida con podridos ladrillos de poder. El ladrillo se desinfla, y la sociedad cae con él, en un esperpento que la serie de Canal Plus capta perfectamente. En “Crematorio” solo quedan cenizas. Cenizas de ladrillo.

NOLA post Katrina

Acercarse a “Treme” como si de una serie convencional se tratara es un gran error. Lo primero que hay que hacer es tener en cuenta qué cadena la produce (la HBO, madre de obras maestras como “The Sopranos”, “The Wire” o “Band of Brothers”) y cuál es el cerebro que se encuentra detrás de esta pequeña joya: David Simon, creador de “The Wire” o “Generation Kill”.

“Treme” es una serie coral que cuenta desde diferentes puntos de vista lo que significó para sus diferentes protagonistas la penosa gestión del desastre provocado por el Huracán Katrina. Desde “Treme” (la serie toma el nombre de un popular barrio de la ciudad de Nueva Orleans) se hace una crítica de la manera en que los políticos (tanto locales como estatales) llevaron la situación inmediatamente posterior al derrumbamiento de los diques del Lago Pontchartrain, situación que forzó la evacuación de la ciudad y la muerte de un gran número de personas.

La crítica se puede hacer de muchas maneras, y cada una de ellas encuentra acomodo en los diferentes personajes de la serie: ácida (Creighton Bernette, personaje interpretado por John Goodman), pasota con un toque pícaro (Davis McAlary, por Steve Zahn o Antoine Batiste, por Wendell Pierce), desde la tradición y el empecinamiento(Albert “Big Chief” Lambreaux, Clarke Peters), desde la admisión de que todos los males te pueden pasar a ti (Ladonna Battiste-Willians, por Khandi Alexander o Jannette Desautel, por Kim Dickens), desde la percepción de que las cosas pueden ir a mejor (Annie, por Lucía Micarelli), desde la perseverancia (Toni Bernette, por Melissa Leo)… Hay muchas formas de hacer crítica y todas son igual de válidas, sobre todo si está bien hecha, como es el caso de “Treme”. Esta cantidad de personajes puede descolocar un poco, pero desde el primer capítulo ya se ve que todos y cada uno son necesarios, que no hay nadie que sobre.

Al oír hablar de Nueva Orleans, nuestro cerebro nos remite no solo al Huracán Katrina, sino a la música y al carnaval. Tanto el carnaval (especialmente en los capítulos finales) como sobre todo la música tienen una tremenda importancia en la serie. Música que va desde el jazz, a la fusión, pasando por el bounce, algo de soul, zydeco (mezcla entre blues y elementos cajún), blues, ciertos toques de country…

Técnicamente la serie cumple los cánones HBO: no hay prisas, se le deja tiempo para “respirar” (la imagen no desvanece nada más terminar la escena, sino que se queda unos segundos para asimilar lo ocurrido), los planos son mucho más próximos al estilo cine que al estilo serie tradicional, los silencios tienen casi tanta importancia como los sonidos (especialmente la música). También es conveniente prestar atención al uso de las sombras: “Treme” hace un retrato realista de la sociedad y como tal, todos los personajes ofrecen un amplio abanico de claroscuros. Estas sombras psicológicas se ven reflejadas en sombras físicas, en nocturnidad, en penumbra…

Con la primera temporada de 10 capítulos finalizada, “Treme” ha sido una de las sorpresas más agradables de la temporada televisiva que recientemente finaliza y os recomiendo encarecidamente que la veáis.

Ética personalísima

Una vez vista “Luther”, producción de la BBC, me queda bastante claro que la creación británica de series va más allá de “Blackadder”, “Mr. Bean” o “The Office”. Y que no solo se pueden crear buenos seriales de thriller y de acción, con mucha importancia de las relaciones entre los personajes. En “Luther”, como en la vida real, no hay nada blanco o negro, sino que la escala de matices, de colores y de interpretaciones sobre un mismo hecho hace que la serie sea especial. A riesgo de parecer blasfemo, me atrevería a poner a la primera temporada de “Luther”, de 6 capítulos de 1 hora, a la altura de las grandes series que hasta ahora he podido disfrutar: “House”, “The Wire”, “The Sopranos”… Precisamente, el actor que interpreta el rol protagonista de John Luther (Idris Elba), juega un papel muy importante en “The Wire” como el traficante “Stringer” Bell.

Centrándonos en el desarrollo de la serie, John Luther es un policía que se reincorpora al servicio activo tras haber pasado un periodo apartado por la resolución un tanto violenta de un caso en el que dejaba caer desde una altura bastante grande a un secuestrador de niños. En el primer capítulo se trata un caso de asesinato doble que coleará hasta el final de la primera temporada, ya que una de las implicadas comienza una relación de amor-odio con el protagonista. Ni ella es tan mala como parece ni él tan bueno como cabría esperar de un policía de serie. “Luther” no desarrolla un caso en toda una temporada, como sí hacía “The Wire”, sino que es más convencional en su planteamiento: un capítulo, un caso. Eso sí, los capítulos no se constituyen en compartimentos estancos y aislados entre sí, sino que puede haber (y hay) situaciones que saltan entre uno y otro.

Hacen atractiva a la serie el carácter de John Luther, sus relaciones con sus compañeros, con su ex mujer, con Alice Morgan (Ruth Wilson), su inteligencia, su ética personal (el fin justifica “sus” medios)…

“Luther” me remite a otras dos series: “Life” y “House”. La primera porque existen ciertas similitudes entre John Luther y el protagonista de “Life”, Charlie Crews (Damian Lewis): pasado turbio, no son plenamente aceptados por sus compañeros, perciben la traición de otros polis… En cuanto a “House” veo paralelismos a la hora de la resolución de los casos entre la manera de John Luther y la del doctor House: un chispazo realizando cualquier acto cotidiano da para resolver un caso, una suerte de “deus ex machina”.

La conclusión, es difícil hablar de “Luther” intentando no reventarla. Es una gran serie, de esas que según Hernán Casciari acabarán con el cine, ya en el formato serie se permite desarrollar mejor un personaje que en formato cine. Aunque solo sea por una cuestión de tiempo, ya que una película dura hora y media y una serie mucho más. Pero “Luther” no es solo cantidad, sino que a lo largo de la primera temporada vemos un producto de gran calidad, de elaboración muy cuidada, con un amplio desarrollo psicológico de los personajes. Y además, “Luther” es entretenida.