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La Génesis de Aronofsky

Darren Aronofsky es un genial director. Desde “Pi, fe en el caos” (“Pi”, 1998) hasta “El cisne negro” (“The Black Swan”, 2011). He visto su filmografía casi en orden inverso. He dejado para el final su ópera prima. Y en “Pi”, Aronofsky ya esboza las líneas maestras de lo que podrá verse a lo largo de toda su carrera.

El argumento de “Pi” es bastante sencillo: Max es un brillante matemático obsesionado por los números que busca un modelo circular de porqué la bolsa funciona como funciona. Una serie de coincidencias le acerca a unos numerólogos cabalistas. A lo largo de hora y media de rallada mental, Aronofsky nos transmite perfectamente todo por lo que transita Max. Desasosiego, locura, angustia… todo ello mediante dos de sus principales armas: la música y el montaje.

Una de las secuencias más recordadas del cine independiente moderno es la del colocón en “Requiem por un sueño” (“Requiem for a dream”, 2000). El montaje, la elección de planos y la música nos adentran en el cuerpo del drogadicto. Los expertos dicen que Aronofsky bebe de “El Hombre de la Cámara”, del cineasta ruso Dziga Vertov. Pero es que el realizador norteamericano ya había realizado una escena muy parecida en “Pi”. En lugar de una inyección con sustancias alucinógenas, Max toma unas pastillas. Pero la sensación de que nosotros somos los que tomamos esta medicina es la misma que nos atraviesa el cuerpo en “Requiem”. Otra de las “autoinfluencias” de Aronofsky se ve en la distorsión del protagonista, reflejada con movimientos de cámara muy bruscos. Lo hace en “Pi” y lo repite en “El cisne negro” con muchos más recursos.

Para relacionar el uso de la música hay que acudir, desde “Pi” hasta “El cisne negro” (al tener de protagonista a una bailarina, la referencia es clave) pero especialmente hasta “El luchador” (“The Wrestler, 2008), ya que sin ser un hilo conductor de la historia, la música es clave para reflejar el estado anímico del protagonista.

En “Pi” se ven todas las influencias posteriores. Aronofsky realizará el resto de sus películas basándose en ideas que aparecen en su primera cinta. En otros autores se nota. En Aronofsky las autoinfluencias son brutales. Por eso considero muy importante esta película. No por ser una gran obra en sí misma, sino por lo que trae consigo, por lo que conlleva, no en asuntos de guión o trama, sino en el apartado técnico. De “Pi” surge Aronofsky. Es el principio, la génesis de toda su filmografía. Y vaya si se nota.

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A golpes con la vida

Últimamente he visto dos buenas películas con temática similar. Una persona de clase desfavorecida tiene que luchar para salir de la situación, encajar los reveses y seguir adelante. Lo hemos visto en la cinta de 2008 “El luchador” (“The Wrestler”), dirigida por Darren Aronofsky (“El Cisne Negro”). Y también en “The Fighter”, la película de 2010 creada por David O. Russell.

La figura del boxeador (o del luchador en el caso de la película de Aronofsky) es muy proclive a la épica. La mayor parte de los púgiles pertenecen a las clases bajas de nuestra sociedad. Y se hubieran tenido que ganar a golpes la vida de todas todas. Ser entibador, trabajar limpiando aceras, en un puerto, traficar, la prostitución o morir acribillado era el pan nuestro de cada día en las familias de muchos campeones. Al cuadrilátero se sube para devolver las tortas que da la vida. “Toro Salvaje” (película sobre el boxeador Jake La Motta) fue el germen. Luego otros biopics (“Cinderella Man”, “Ali”…) continuaron la senda iniciada por Scorsese. Pero estas dos cintas me parecen especialmente destacables.

“The Wrestler” cuenta la historia de Randy “The Ram” Robinson, una vieja gloria de la Lucha Libre. Su época pasó en los 80, pero su amor por el deporte hace que siga en activo, arrastrándose por rings de ínfima entidad y compaginando esta afición con un trabajo en un supermercado. La vida no le da facilidades, pero Randy recupera su gloria en el ring. Ahí puede ser él mismo y olvidarse de todo tipo de fracasos. Me gusta la selección musical (incluido el grandioso Sweet Child o’ Mine, de los Guns N’ Roses) y los movimientos de cámara cuando Randy entra al ring (o en su puesto de trabajo, lo que constituye una metáfora con gran fuerza narrativa). Randy pelea por eludir su vida, pero pelea tanto en el ring como en la realidad. Los diferentes personajes también luchan, pero él es especial. Él es “The Ram”. Muchos críticos vendieron la película de Aronofsky como el resurgir de Mickey Rourke. Hace un papelón y solo por su actuación merecería la pena verla, pero “El luchador” es mucho más. Es la historia de una generación de fracasados que sigue luchando por encontrar su sitio.

En “The Fighter” vemos más de lo mismo. Hay dos hermanos boxeadores. Uno con gloria pasada y poca cabeza (Dicky, interpretado por Christian Bale) y otro que siempre ha vivido a la sombra deportiva de su hermano (Mickey, por Mark Wahlberg). “The Fighter” es una película magnífica (basada en hechos reales) que se adentra en las miserias de una familia que vive a costa de que dos de sus miembros reciban golpes. El personaje de Bale pelea por seguir siendo el hombre que casi tumba a Sugar Ray Leonard, mientras se encuentra inmerso en un mundo de drogas y malas amistades. Mickey (Wahlberg) es un buenazo que en la vida ha ganado nada, pero simplemente está contento de no perder. Lucha porque sí. Hasta que encuentra una motivación. Salir de toda la mierda en la que está metido por culpa de su familia y ser feliz con su novia. A partir de ahí es cuando comienza a triunfar, tanto profesional como personalmente.

Dos películas totalmente recomendables sobre una forma de vida, la del luchador. Gente que vive recibiendo y repartiendo. Porque no sabe hacer otra cosa. El cine suele reflejar bastante bien esta realidad, pero “The Fighter” y “The Wrestler” la llevan a otro nivel, al de gran película.

Arañazos de extrema belleza

“El cisne negro” (Black Swan en su título original) es una de esas grandes películas que no puedes juzgar hasta que acaba. Montaje excepcional, planos magníficos, emoción y suspense a raudales, actuaciones que quitan el hipo, una historia mucho más que interesante, subtextos que hacen que te replantees qué estás dispuesto a dar para lograr unos sueños que quizás no sean los tuyos… Posiblemente todo lo que busques en una buena película lo encuentres en “El cisne negro”.

Va a ser complicado hablar de “El cisne negro” sin entrar en detalles de la trama, sin empezar a lanzar spoilers, pero vamos a intentarlo. La película de Aronofsky cuenta la historia de Nina (Natalie Portman), una bailarina del ballet de Nueva York que logra el papel más importante de su vida: interpretar tanto al cisne negro como al cisne blanco en el ballet de Chaikovski “El lago de los cisnes”. Nina se esfuerza demasiado, en parte obligada por su madre Erica (Barbara Hershey), hostigada por el director de la compañía (Vincent Cassell), que oscila entre amante y acosador, y mal influenciada por Lily (Mina Cunis), otra bailarina de la misma compañía que atrae sexualmente a Nina, pero que en el fondo busca lograr por todos los medios el papel de bailarina estrella.

Nina viaja del éxito a la más oscura de las autodestrucciones, tanto psíquica como física. Los arañazos que muestra en algunas escenas de la película son consecuencias de arañazos mentales, de que su cabeza ha dicho basta y tiene que buscar vías de escape.

Aronofsky consigue una cosa muy importante, algo que buscan todos los directores y que no todos logran: que el espectador sienta todas y cada una de las emociones que plantea para sus personajes. Nos excitamos con ellos, nos duelen sus fracasos, nos alegran sus triunfos y sobre todo nos desasosiegan sus paranoias mentales. El director consigue plenamente los objetivos mostrando (que no insinuando) todas las situaciones reseñables de la cinta. No hay nada gratuito, cada una de las sensaciones tiene su justificación. Al final todo tiene su sentido.

Otra de las cosas que más me ha llamado la atención de “El cisne negro” es lo bien trazada que está la línea argumental. Todo está en su lugar, al igual que el desarrollo psicológico de cada uno de los personajes, no hay ninguno plano. Nina cambia de niña inocente a joven superada por las circunstancias. Su madre no es la misma al principio que al final. Tal vez el papel de Casell sí que es más previsible, como el típico bailarín francés, cumpliendo con el estereotipo de mediterráneo ligón.

En “El cisne negro” encuentro similitudes con dos películas que no tienen nada que ver. La primera es “Shine”, dirigida por David Hicks en 1996 e interpretada en el papel principal por Geoffry Rush, que obtuvo el Óscar al mejor actor. Cuenta la historia real de David Helfgott, un pianista al que la obra de Rachmaninoff y la rectitud con la que su padre lleva su vida le llevan a la locura. Historia exactamente igual a la de “El cisne negro”. Incluso se parecen en la manera de generar desasosiego. “Shine” y “El cisne negro” cambian la música por sonidos mecánicos al introducirnos en la cabeza de los protagonistas. La otra obra a la que me recordó inmediatamente “El cisne negro” es “Showgirls”, dirigida por Paul Verhoeven en 1995. Cuenta la historia de cómo una chica de provincias (Elizabeth Berkeley) llega a Las Vegas y se ve obligada a trabajar como stripper, destronando a la bailarina principal (Gina Gershon). En “El cisne negro” Nina hace lo propio con la veterana Beth (Winona Ryder).


“El cisne negro” es una de las películas de este año. Técnicamente es impecable: Planos maravillosos (como un reflejo sobre un espejo roto que quita el hipo), montaje increíble (como la secuencia de la discoteca, que recuerda más al videoclip de The Prodigy “Smack my bitch up” que a lo que muchos críticos dirán que debe ser una película de culto), una selección musical apasionante (esto era casi obligatorio, teniendo en cuenta que la película gira alrededor del ballet de Chaikovski), actuaciones antológicas (una nueva obra maestra de Portman)… en resumen, “El cisne negro” es un peliculón. Sin otras palabras.