Americanada para pasar el rato

“Invencible” (Invincible en su título original) es el típico drama deportivo estadounidense. Vincent Papale (Mark Wahlberg) es un tipo desahuciado al que su mujer acaba de dejar, en paro y al que solo le queda una ilusión: los Philadelphia Eagles, equipo de la NFL. Abonado a este perdedor equipo, Papale se entera de una oportunidad: una sesión de entrenamiento abierta a que participen todos los aficionados. Al más puro estilo de Julio César, llega, ve y vence.

La cinta dirigida por Ericson Core (A todo  Gas) en 2006, es el típico producto Disney, en el que triunfan la amistad, el amor… es la clásica historia del patito feo, pero en esta ocasión basada en hechos reales. Además, la épica del fútbol americano también se presta a que le salgan películas de este estilo, sin ir más lejos, la recordada “Equipo a la fuerza”, que tiene un fondo muy similar a “Invencible”. Además de esta épica, “Invencible” cuenta con un importante factor social de fondo. El protagonista está en lo más bajo de su vida. Parado, su mujer le acaba de dejar… solo tiene una esperanza: los Eagles. Esta esperanza se implementa al no actuar solo como espectador pasivo, sino que al convertirse en parte participante, Papale cumple en su propia persona el sueño americano.

Técnicamente no es una mala película. La primera secuencia (tras los títulos de créditos) es muy similar a la que nos sorprendió en El secreto de los ojos: una panorámica de abajo a arriba del estadio, entrando con un plano cenital. El resto de la película no tiene mucho más. Las escenas deportivas no te meten en el partido, no hay un gran desarrollo de los personajes y es muy previsible. Buena peli para un domingo por la tarde, pero dudo que pase a la historia del cine, pese a lo buen actor que es Mark Wahlberg. Lo más probable, es que ni pase a la historia del cine deportivo, pero bueno, no está mal del todo.

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Adolescente treintañero

Alta Fidelidad (High Fidelity) es un genial libro del escritor británico Nick Hornby, el volumen con el que saltó a la fama en nuestro país. Narra la historia de Rob Fleming, un adolescente atrapado en un cuerpo y en una vida de treintañero, que acaba de romper con su última novia y que malvive regentando una tienda de discos que no tiene ni el más mínimo de los éxitos. Rob es, sin ninguna duda, un fracasado.

Rob pasa su vida haciendo listas con “los cinco mejores de todos los tiempos”. Películas (El Padrino, El Padrino II, Taxi Driver, Goodfellas y Reservoir Dogs), libros (El gran sueño de Raymond Chandler, Dragón rojo de Thomas Harris, Dulce música soul de Peter Guralnick, La guía del autoestopista galáctico de Douglas Adams y alguno de William Gibson), pero sobre todo música. Para una segunda lectura de Alta Fidelidad (cometí el “error” de ver antes la más que aceptable versión cinematográfica de Stephen Frears), es recomendable escuchar alguna de las cinco mejores caras A de todos los tiempos: Janie Jones de los Clash, Thunder Road de Bruce Springsteen, Smells Like Teen Spirit de Nirvana, Let’s Get It On de Marvin Gaye y Return of the Crievous Angel de Gram Parsons… Y junto con estas listas de “los cinco mejores”, Rob realiza su lista con las cinco rupturas que más le dolieron, empezando con su más tierna pre adolescencia.

¿De qué trata Alta Fidelidad? De cómo un treintañero lo pierde todo y cuáles son los pasos que sigue hasta que los astros se alinean y consigue recuperarlo. Alta Fidelidad es una historia de amor. Pero no es una pastelada. Es una historia entretenida, pero no es facilona. Es literatura de calidad, pero no es un tostón. Creo que Alta Fidelidad es un gran libro. Te captura desde el primer momento y mantiene el tipo hasta el final. Te hace esbozar una ligera sonrisa. Te identificas con el personaje de Rob, comprendes a su novia Laura por dejarle tirado, comprendes a todas las ex que le han dejado, sientes lástima por su vida… pero en el fondo te das cuenta de que Rob no es un pringado perdedor. Bueno, quizás sí que lo es, pero ha cumplido su sueño, que curiosamente es el mismo que el de todos nosotros: querer y ser querido, tener un trabajo que te guste, vivir de una manera desahogada y de vez en cuando tener momentos de felicidad.

Hornby refleja perfectamente las dualidades de su personaje. Las relaciones entre todos los que aparecen en Alta Fidelidad están muy bien construidas. Los ambientes son creíbles, las músicas excelentes, el estilo a caballo entre cercano y culto y con tecnicismos. Alta Fidelidad es una gran mezcla, una ensalada diferente. Si las novelas de amor son comida, el libro de Hornby no es una hamburguesa del McDonalds. Es un chuletón de carne Valles del Esla. Es de lo mejor que te puedes echar en cara.

Revista para paladares inquietos

La idea de comprar una revista trimestral de más de 20 euros no es muy apetecible. Pero si detrás del proyecto está, entre otros, el nombre de Hernán Casciari (los amantes de las series lo conoceréis), la compra es cuanto menos obligada. Orsai es una revista atípica. Me recuerda (en espíritu) a las revistas literarias primitivas, las de allá por el siglo XVIII. Reportajes periodísticos , obras gráficas y relatos literarios (como la joya de Nick Hornby).

El proyecto de Orsai es muy innovador. Se presenta como una revista de mucha calidad, cara, con buenos reportajes, magníficas ilustraciones y bellos relatos. Pero juntando todo eso sería una revista más. Lo que lo diferencia de otras es su lema: “Nadie en el Medio”. Hernán Casciari ha pretendido que su proyecto (con un primer número con una tirada de 10.080 ejemplares) no tenga intermediarios. Los lectores piden directamente su número a través de la web, los editores hacen recuento hacen recuento de las peticiones, realizan la edición y la distribuyen a través del correo, o bien directamente a los lectores o bien a través de librerías que obtienen un pequeño descuento pidiendo en bloque.

Orsai comienza con un gran reportaje sobre las entrañas de Barajas, desde el punto de vista de un visitante pretendidamente ilegal. En “Crónica de un deportado” (por Alejandro Seselovsky, con ilustraciones de Ares) observamos de primera mano cómo es el trato que recibe una persona sin los papeles en regla y cuál es el proceso que transcurre entre que llega a España hasta que es deportado a su país de origen. Orsai continúa con “Mi Padre, el cartaginés”, del prestigioso autor mexicano Juan Villoro (ilustrado por Richard Zela). Villoro comenta la historia de su padre y su relación con la guerrilla zapatista. Es un relato de cómo un exiliado hace suyo un país, unas ideas. Hernán Iglesias Illa (éste es su twitter) narra las desventuras de un equipo de fútbol compuesto por inmigrantes en la liga amateur de un barrio de Nueva York en “San Martín de Brooklyn busca el repechaje” (ilustrado por Matías Tolsà). Continúa Orsai con un reportaje sobre Enrique Meneses (le podéis seguir en twitter) (José Luis Perdomo, con fotos de Enrique Meneses y Chiara Cabrera), el fotógrafo español que vivió la revolución cubana y vive ahora la revolución del periodismo a través de las redes sociales.

Agustín Fernández Mallo nos descubre a Henry Darger, un desconocido dibujante y escritor estadounidense que vivió entre basura y pudo escribir la obra literaria del siglo XX. Un bello relato que mezcla la gloria con la más absoluta de las miserias. El sexo tiene cabida en Orsai. Rafa Fernández (con dibujos de César Carpio) se abre y cuenta de una manera sencilla y directa en “Monstruos igual que yo” el porqué de sus represiones y sus relaciones incompletas, mientras que en “Cuadernos secretos de Horacio Altuna” veremos bocetos eróticos de este historietista argentino. Otros reportajes ocupan nuestra atención. “Espejito, Espejito…”, con dibujos de Alberto Montt, está escrito por Carolina Aguirre y nos mete de lleno en una operación de reducción de estómago, el último paso para una mujer que ha probado todo tipo de dietas, ejercicio físico y que se encuentra al borde de la desesperación. “Cielos de plomo” está escrito por José A. Pérez, un conocido bloguero y twittero, que con los dibujos de Iván Mata, nos da su visión del conflicto vasco. En “La media vuelta de Albert Casals” Adrià Cuatrecases (con fotografías de Víctor Correal) nos presenta la historia de superación de Albert, un joven catalán que ha pasado su vida en una silla de ruedas, pero que en lugar de postrarse en una cama, ha decidido viajar en solitario por todo el mundo. Natalia Méndez (con los dibujos de Tatiana Córdoba) nos cuenta en “Sugerencias para futuros lectores” cómo conseguir que los más pequeños lean y Sergio Barrejón (con ilustraciones de Alfons López), en su “Antidecálogo para guionistas”, pretende que huyamos de los tópicos y de las recomendaciones a la hora de escribir guiones. “Un Mail” es la divertida excusa del bloguero Pedro Mairal (ilustrado por Omar Turcios) para disculparse por no escribir nada para Orsai. Una joyita por si alguna vez no sabemos cómo empezar un texto. La crítica a “El intermediario” tiene su sitio en Orsai con las viñetas de Jorge González, mientras que Sergio S. Olguín hace una crítica poniendo a Mad Men por las nubes, (opinión que yo no comparto, como explicaré en próximos post) en “Triple M: Mad Men Manía”.

El primer número de Orsai acaba de manera inmejorable, con un genial relato corto de Nick Hornby: “Mi hijo nunca será una estrella”. Hornby entremezcla las relaciones familiares con los secretos inconfesables, mediante la calidad narrativa que le distingue.

¿Por qué es recomendable Orsai? Tras leer estas parrafadas descriptivas, os recomendaré Orsai porque pese a ser cara para el bolsillo de un estudiante sin trabajo de casi 23 años que intenta sacarles lo menos posible a sus padres (éste es mi caso), merece la pena pagar 21 euros por una pieza de literatura. Orsai no es una revista como todos entendemos, es más que eso. Es literatura, es periodismo, es innovación editorial, es ilustraciones de calidad. Es todo lo que querrías hacer si te dedicaras a la edición. Es un producto del que sentirte orgulloso, tanto si lo compras (como es mi caso) como si lo realizas (que supongo que será el caso de todos aquellos afortunados que intervienen en su construcción).

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Arañazos de extrema belleza

“El cisne negro” (Black Swan en su título original) es una de esas grandes películas que no puedes juzgar hasta que acaba. Montaje excepcional, planos magníficos, emoción y suspense a raudales, actuaciones que quitan el hipo, una historia mucho más que interesante, subtextos que hacen que te replantees qué estás dispuesto a dar para lograr unos sueños que quizás no sean los tuyos… Posiblemente todo lo que busques en una buena película lo encuentres en “El cisne negro”.

Va a ser complicado hablar de “El cisne negro” sin entrar en detalles de la trama, sin empezar a lanzar spoilers, pero vamos a intentarlo. La película de Aronofsky cuenta la historia de Nina (Natalie Portman), una bailarina del ballet de Nueva York que logra el papel más importante de su vida: interpretar tanto al cisne negro como al cisne blanco en el ballet de Chaikovski “El lago de los cisnes”. Nina se esfuerza demasiado, en parte obligada por su madre Erica (Barbara Hershey), hostigada por el director de la compañía (Vincent Cassell), que oscila entre amante y acosador, y mal influenciada por Lily (Mina Cunis), otra bailarina de la misma compañía que atrae sexualmente a Nina, pero que en el fondo busca lograr por todos los medios el papel de bailarina estrella.

Nina viaja del éxito a la más oscura de las autodestrucciones, tanto psíquica como física. Los arañazos que muestra en algunas escenas de la película son consecuencias de arañazos mentales, de que su cabeza ha dicho basta y tiene que buscar vías de escape.

Aronofsky consigue una cosa muy importante, algo que buscan todos los directores y que no todos logran: que el espectador sienta todas y cada una de las emociones que plantea para sus personajes. Nos excitamos con ellos, nos duelen sus fracasos, nos alegran sus triunfos y sobre todo nos desasosiegan sus paranoias mentales. El director consigue plenamente los objetivos mostrando (que no insinuando) todas las situaciones reseñables de la cinta. No hay nada gratuito, cada una de las sensaciones tiene su justificación. Al final todo tiene su sentido.

Otra de las cosas que más me ha llamado la atención de “El cisne negro” es lo bien trazada que está la línea argumental. Todo está en su lugar, al igual que el desarrollo psicológico de cada uno de los personajes, no hay ninguno plano. Nina cambia de niña inocente a joven superada por las circunstancias. Su madre no es la misma al principio que al final. Tal vez el papel de Casell sí que es más previsible, como el típico bailarín francés, cumpliendo con el estereotipo de mediterráneo ligón.

En “El cisne negro” encuentro similitudes con dos películas que no tienen nada que ver. La primera es “Shine”, dirigida por David Hicks en 1996 e interpretada en el papel principal por Geoffry Rush, que obtuvo el Óscar al mejor actor. Cuenta la historia real de David Helfgott, un pianista al que la obra de Rachmaninoff y la rectitud con la que su padre lleva su vida le llevan a la locura. Historia exactamente igual a la de “El cisne negro”. Incluso se parecen en la manera de generar desasosiego. “Shine” y “El cisne negro” cambian la música por sonidos mecánicos al introducirnos en la cabeza de los protagonistas. La otra obra a la que me recordó inmediatamente “El cisne negro” es “Showgirls”, dirigida por Paul Verhoeven en 1995. Cuenta la historia de cómo una chica de provincias (Elizabeth Berkeley) llega a Las Vegas y se ve obligada a trabajar como stripper, destronando a la bailarina principal (Gina Gershon). En “El cisne negro” Nina hace lo propio con la veterana Beth (Winona Ryder).


“El cisne negro” es una de las películas de este año. Técnicamente es impecable: Planos maravillosos (como un reflejo sobre un espejo roto que quita el hipo), montaje increíble (como la secuencia de la discoteca, que recuerda más al videoclip de The Prodigy “Smack my bitch up” que a lo que muchos críticos dirán que debe ser una película de culto), una selección musical apasionante (esto era casi obligatorio, teniendo en cuenta que la película gira alrededor del ballet de Chaikovski), actuaciones antológicas (una nueva obra maestra de Portman)… en resumen, “El cisne negro” es un peliculón. Sin otras palabras.

Una tacita de crítica social

“También la lluvia” es mi primer acercamiento al cine de Icíar Bollaín. Sé que para alguien que escribe un blog de películas esto podría constituir un error, pero tras ver la última cinta de la cineasta madrileña, voy a tratar de enmendarme y ver más cine de Bollaín.

Nos encontramos en el año 2000 en Cochabamba, capital del departamento boliviano homónimo. Costa (Lluis Tosar) es un productor que intenta rodar una película de modesto presupuesto dirigida por Sebastián (Gael García Bernal) sobre la llegada de Colón a las Indias orientales y cómo había ocurrido una masacre indígena. Paralelamente al rodaje de la película comienza en la oprimida Cochabamba la Guerra del Agua, debido al intento por parte de gobierno y multinacionales de realizar una subida del 300% sobre el precio del agua a la población, de mayoría indígena, que malvivía con menos de 2 dólares diarios. Ahí entra en escena Daniel (Juan Carlos Aduviri), que en la peli que ruedan Costa y Sebastián ejecuta un papel de líder indígena, se muestra como un dirigente nato, llevando a Cochabamba a una revuelta por el precio del agua, causando numerosos problemas a director y productor.

Básicamente esta es la sinopsis de “También la lluvia”: se intenta rodar una película sobre la represión contra los indígenas en medio de un marco de represión contra los indígenas, que luchan por el agua. Los creadores de la película intentan lavarse las manos no cumpliendo con el papel que su moral debería exigirles, más cuando intentan dar lecciones éticas a través de sus películas. En el aspecto de crítica social el último trabajo de Bollaín me parece muy bueno. Técnicamente no está nada mal resuelto, aunque quizás falte un poco más de “punch”, ya que apenas hay relaciones entre los personajes y se ven muy claras las posiciones de cada uno desde el comienzo.

Pese a todo esto, “También la lluvia” es interesante. Cuenta una buena historia, realiza una función crítica y aunque podría ser mucho mejor, para nada es una mala película. Es destacable el papelón que hace Karra Elejalde como actor borrachín que hace las veces de Cristóbal Colón en la metapelícula.

The Greatest

Muhammad Ali nació como Cassius Clay en Louisville (Kentucky) el 17 de enero de 1942. Está considerado como el boxeador más grande de todos los tiempos (como él mismo previó siendo un adolescente), el mejor deportista del siglo XX y un icono que cambió la sociedad americana, permitiendo el fin de la segregación racial, junto a otros pensadores como Malcolm X o Martin Luther King. Muchos autores le ponen al mismo nivel que a estos dos mártires negros, y a la misma altura que el Premio Nobel de la Paz Nelson Mandela. Ali no es solo un deportista, es una persona que nació con el gen del liderazgo, es un hombre que cambió un país, no solo con la causa negra, sino que sirvió a muchos pacifistas como ejemplo al negarse a participar en el ejército yanqui en la Guerra de Vietnam. “No voy a ir a ninguna guerra contra el Vietcong. Ningún Vietcong me ha llamado ‘Nigger’. No, no voy a ir a 10.000 millas de distancia para asesinar y quemar a otras personas simplemente para ayudar a continuar con el dominio de los esclavistas blancos sobre las otras razas por todo el mundo”. “¿Por qué me piden que me ponga un uniforme y me vaya a miles de millas de mi casa para arrojar bombas y balas sobre la gente negra de Vietnam mientras la gente en Louisville es llamada ‘Negro’ y son tratados como perros y a los que se les niegan hasta los más básicos derechos humanos?

David Remnick es un periodista norteamericano que nació el 29 de octubre de 1958 en Hackensack, Nueva Jersey. Dirige el New Yorker desde 1998, tras pasar por el Washington Post y tras ganar en 1994 el Pulitzer por “La tumba de Lenin: Los últimos días del Imperio Soviético”. En 1998 escribió “Rey del Mundo”, una magistral pieza biográfica sobre Muhammad Ali y el papel de los anteriores campeones de los pesos pesados (Floyd Patterson y Sonny Linston) en la sociedad americana.

Rey del Mundo es una narración fantástica, plenamente descriptiva, de los primeros momentos de Ali, sus relaciones familares, sus inicios como boxeador, su fama bien ganada como bocazas, sus triunfos en el boxeo amateur (incluido un oro olímpico en Roma 1960), su victoria ante Linston que le dio el cinturón de los pesos pesados en 1964 y su caída en desgracia por unirse a la Nación del Islam y su negativa a participar en la Guerra de Vietnam. Ahí se para Rey del Mundo, pero ahí continúan dos fantásticos documentales: “Muhammad Ali a través de los ojos del mundo” (que repasa toda la vida y carrera de Ali) y “Cuando éramos reyes” (que relata el combate más famoso de la historia “Rumble in the Jungle” entre Ali y Foreman).

Ali es una personalidad imprescindible. Uno de los mejores deportistas de la historia, un personaje clave en la historia norteamericana, un mito, reflejado de manera inmejorable en “Rey del Mundo” de David Remnick.

 

Sin futuro, pero con humor

Lo reconozco, solo había oído hablar de ciertas escenas de Clerks (Kevin Smith), pero nunca había visto la película completa. Y eso que me había perdido. El director, triunfador en Sundance ese año, probablemente uno de los más fecundos de la historia moderna del cine con joyas como Cadena Perpetua, Forest Gump, Pulp Fiction o el Rey León y fantásticas cintas como La Máscara. En España comenzaba la “moda pre- guerracivilista”, como llamaría algún columnista faccioso a las películas sobre esa democracia republicana a la que no dejaron continuar.

Así que, como era de esperar, es comprensible que un chaval que en 1994 contaba con 6 años solo conociera Clerks (Cajeros, título en español, que seguramente no pasará a la historia) de oídas. Smith tiene muy pocos recursos económicos a su alcance (con poco más de 27.000 dólares ganó más de 3 millones en las taquillas estadounidenses), pero todos los recursos narrativos a los que puede acceder un gran director. Y los aprovecha. Con nada y menos realiza una película con detalles de genialidad. Buenos planos, grandes diálogos, situaciones entre lo absurdo y lo real… todo esto hace que Clerks merezca la pena.

La historia se desarrolla en dos tiendas. El típico supermercado de barrio y un videoclub con poco fondo de armario. Entre estos dos establecimientos se desarrolla la escena. El protagonista es Dante Hicks (Brian O’Halloran) que ha sido llamado para trabajar en el supermercado en su día de descanso. Acude a regañadientes. Le ocurren todo tipo de situaciones extrañas, amenizadas por su novia Verónica (Marilyn Ghigliotti) y por el encargado del videoclub Randall (Jeff Anderson). Conversaciones sobre felaciones y posibles auto-felaciones, debates sobre la saga de la Guerra de las Galaxias y los trabajadores autónomos que construyeron la segunda estrella de la muerte, partidos de hockey en el tejado de la tienda, funerales… Todo ocurre en un día cualquiera en la vida de Dante, un joven sin aspiraciones del estado de Nueva Jersey. Smith refleja en Clerks a una generación. Veinteañeros con educación básica, ninguna ambición y poco afán de superación. El sueño americano se ha perdido. Trabajos basura, flirteos con las drogas, relaciones inestables… esto constituye la realidad que según los principales sociólogos vivió la sociedad americana de los 90 y, quién sabe, se estará repitiendo otra vez en la segunda década de siglo. Esto es lo que critica Smith (que interpreta genialmente el papel de Bob el silencioso, un camello a la puerta del supermercado).

Comedia Indie. Humor de Calidad. Ópera prima de las buenas. Se me podrían seguir ocurriendo lugares comunes que a buen seguro se hayan comentado de Clerks. Su estética noventera, el lenguaje callejero y las situaciones (a priori) nada extrañas hacen que las divergencias, las excentricidades y el blanco y negro se asuman como naturales. Como entretenimiento es una película más que agradecida. Como buena película, es divertida. Clerks no tiene nada en contra, es totalmente recomendable.