I walk the line

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I keep a close watch on this heart of mine
I keep my eyes wide open all the time
I keep the ends out for the tie that binds
Because you’re mine, I walk the line
I find it very, very easy to be true
I find myself alone when each day is through
Yes, I’ll admit that I’m a fool for you
Because you’re mine, I walk the line
As sure as night is dark and day is light
I keep you on my mind both day and night
And happiness I’ve known proves that it’s right
Because you’re mine, I walk the line
You’ve got a way to keep me on your side
You give me cause for love that I can’t hide
For you I know I’d even try to turn the tide
Because you’re mine, I walk the line
I keep a close watch on this heart of mine
I keep my eyes wide open all the time
I keep the ends out for the tie that binds
Because you’re mine, I walk the line

Johnny Cash, 1956

Volver a Verne

No voy a entrar en contaros la vida de Julio Verne, ni su abundante bibliografía. Ésta es una entrada algo más personal, algo alejada de la literatura o del cine que, de cuando en cuando, pueblan este blog.

1_ JULIO VERNE

Esta semana estuve en casa de mis padres. Llevo siete años viviendo fuera y no voy más que en algunas vacaciones o en fiestas o puentes. Hice la maleta con prisas y solo metí un libro, Papel Mojado (Juan José Millás), que devoré en el viaje. Así pues, me encontraba en mi habitación de adolescente, poblada de pósters de futbolistas de hace años, películas algo añejas y cuadros infantiles cuando me dispuse a echar un ojo a mi biblioteca. Normalmente cuando voy por casa y se me acaba el material suelo tirar de Tintín o de Asterix. Pero el otro día revolví un poco y cogí “Viaje al centro de la Tierra”.

Inmediatamente volví a los 15 años. Una época para mí que no es ni la más dichosa ni tampoco la más desgraciada. Simplemente son unos años sin preocupaciones. Mi mayor carga era sacar una buena nota en un examen porque si no me esperaba una buena bronca de mi madre, profesora. En aquellos años devoraba cualquier libro que se me pasara por las manos. Bueno, cualquiera no. Casi exclusivamente novela. Con la poesía nunca he podido. Mis favoritos eran los de aventuras. El mejor libro que he leído, vuelvo a él de vez en cuando, sigue siendo El Conde de Montecristo (Alexandre Dumas). Por supuesto, Julio Verne siempre ocupó un lugar importante entre mis autores de cabecera.

En aquellos años lo importante es que la chica que te gustara te devolviera un toque. O si había suerte, se dejara algo de su modesto saldo en enviarte un SMS. Los desamores, si es que se podían llamar así, pasaban rápido. Y, por supuesto, pensaba que dentro de cuatro o cinco años me iba a comer cualquier redacción. No había “Ex” ni un día de la marmota que ya dura un año, un día de la marmota de domingos por la tarde.

Cuando vine a Madrid perdí cierta afición a la lectura en beneficio de las series y, por qué no decirlo, de una mayor vida social. En estos siete años no había vuelto a Verne, algo bastante importante.

Durante los ratos muertos que he tenido esta semana, he degustado “Viaje al centro de la Tierra” con devoción. En esos ratos estaba junto a Axel y al profesor Lidenbrock bajando por los volcanes finlandeses. Sin preocupaciones. Y coño, he sido feliz con una tontería.

Cuando uno madura, o va camino de ello, tiende a perder de vista estas pequeñas cosas. Tomarse una caña con un amigo viendo un partido de baloncesto, escuchar una y otra vez la misma canción, recortar un artículo que te ha gustado mucho. O disfrutar, tú solo, de una buena novela más allá de la media hora de metro. Sentarte en tu habitación de toda la vida, con un café, y sumergirte en las profundidades de la tierra. Y olvidar esas preocupaciones que, si las comparamos con todo lo que nos rodea, al fin y al cabo no son para tanto.

De vez en cuando todos debemos Volver a Verne.

En defensa del periodismo

Me gustan mucho las series. Pero solo las buenas. Disponen de más tiempo para desarrollar los personajes y las historias que en una película. Suelo decir que para juzgar si una serie es buena o mala es conveniente esperar una temporada. Así lo disponen los guionistas, que preparan el argumento para que discurra alrededor de los diferentes capítulos de los que consta una temporada. Y en The Newsroom (HBO, 2012) también sucede así. Pero me ha parecido tan sensacionalmente buena que no he podido evitar escribir unas líneas sobre los pocos capítulos que he disfrutado.

Mi padre siempre me dijo que tenías que conseguir que tu trabajo sea tu pasión. Y creo que yo lo he conseguido. Me encanta el periodismo y cuando he tenido la oportunidad de trabajar en algún medio lo he visto a partes iguales entre obligación y disfrute. Esa visión apasionada la comparten varios de los profesionales con los que he tenido la suerte de coincidir. Ese brillo en los ojos del que hace algo que le gusta. Todo esto aparece reflejado a la perfección en los maravillosos capítulos de The Newsroom.

¿De qué va The Newsroom? Pues la serie creada por Aaron Sorkin para la HBO refleja el trabajo diario en una redacción y las relaciones (como si fuera una tela de araña) tanto profesionales como personales de los periodistas que allí trabajan. The Newsroom tiene, como tantas otras series de la HBO, un reparto coral. Ocupa un papel clave el presentador Will McAvoy (Jeff Daniels), el típico lobo solitario que forma un escudo para proteger su intimidad con una gran serie de elementos protectores: desde la clásica ironía a una buena troupe femenina. Otro de los personajes con una importancia destacada es la productora del programa, McKenzie MacHale (Emily Mortimer) una mujer independiente y excesivamente temperamental. Jim Harper (John Gallager Jr.) es el productor senior, un joven con verdadera pasión periodística. Otros dos empleados con bastante importancia en The Newsroom son los Maggie Jordan (Alison Pil), una joven con un importante cacao mental y Neal Sampat (Dev Patel), talentoso,  trabajador y con inclinación por temática algo diferenciada de lo que habitualmente vemos por las noticias de televisión. (Un friki, vamos).

Dejadas ya a un lado las presentaciones, ¿Por qué me encanta The Newsroom? En primer lugar, por lo que he reseñado anteriormente, la temática. Los periodistas solemos padecer de ombliguismo, es decir, tendemos a hablar de nuestro oficio. Nos gusta recrearnos en él. Así que una serie que trate sobre nuestro trabajo siempre se agradece. Además de este criterio, está el factor HBO: Todo lo que sale de la factoría de los sueños tiene un sello de calidad. Técnicamente, va a ser la leche. Y The Newsroom lo cumple sobradamente. Y si al marchamo de calidad HBO unimos el de Aaron Sorkin (que firmó, entre otros, el guión de La Red Social), nos encontramos ante una auténtica maravilla. Y por si fuera poco, los personajes bien creados como las relaciones que comienzan a formarse entre ellos

Además de porque habla sobre periodismo y de  la calidad que se le supone a todo producto de la HBO, The Newsroom aporta diferentes dilemas éticos, especialmente periodísticos, pero también extrapolables a otras profesiones. La integridad personal por encima de presiones, el trabajo bien hecho sobre criterios económicos, la buena praxis sobre la rapidez.

The Newsroom es un regalo en los tiempos que corren, especialmente para el periodismo. Es una defensa de mi profesión. Últimamente los periodistas nos quejamos mucho de que la cosa está muy mal, pero no solemos concretar qué hay que hacer. A la hora de actuar, nos conformamos con hacer nuestro trabajo lo mejor posible. Que ya es mucho. De vez en cuando explotamos y escribimos algún twitt críptico, o unas líneas en un diario, o en internet. Sí, es cierto. También hay buenos ejemplos de cosas que se pueden hacer para mejorarlo. Hay muchos periodistas que, con su trabajo del día a día ennoblecen la profesión. Nuevos proyectos que, poco a poco, se van ganando a una audiencia que no es masiva. Ni falta que hace. Pero creo que ninguno de estos cánticos en defensa de la profesión ha venido de fuera, de la ficción. Y estoy seguro que ninguno ha sido tan bueno. Si The Newsroom sigue como parece, en la HBO lo habrán vuelto a lograr. Habrán creado algo como The Sopranos, The Wire o Band of Brothers. Algo sencillamente maravilloso.

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Oda a Hergé

Hay dos maneras de hacer una película adaptando un libro (o un cómic). La totalmente fiel (buenos ejemplos son El Club de la Lucha o la Carretera) o una algo más libre y, por lo tanto arriesgada. A este último grupo pertenecen, entre otras, Alatriste (pese a su bajo éxito, recomendable) o Las Aventuras de Tintín: el Secreto del Unicornio, una maravilla que refunde parte de dos cómics de George Remí (Hergé) -El cangrejo de las pinzas de oro y El tesoro de Rackham el Rojo-  y la totalidad de otro –El secreto del Unicornio- creando una gran película.

La historia, sin entrar en excesivos detalles, trata de una aventura por descifrar el contenido de un pergamino. Ése es el secreto del Unicornio. Para conocerlo, Tintín (Jamie Bell) debe resolver una serie de problemas creados por Ivanovich Sakharine (Daniel Craig) con la ayuda de los ya conocidos personajes de Hergé: su inseparable Milú (totalmente entrañable en la película) el Capitán Haddock (Andy Serkis), o los chiflados detectives Hernández y Fernández (Nick Frost).

Como en los cómics, Tintín pilota un avión, conduce coches, motos, pelea, dispara…  y piensa. Como buen reportero-Hombre orquesta, Tintín sabe hacer todas las actividades habidas y por haber, sin que ello conlleve una pérdida de credibilidad de su personaje.

Arriesgarte a ver una peli en 3D puede tener, desde el punto de vista técnico, consecuencias positivas (como en el caso de Avatar, de James Cameron) o, por no decir negativas, accesorias (como en la Alicia de Tim Burton). El Tintín de Spielberg pertenece al primer grupo. El 3D parece ideado para este tipo de películas. El sistema ‘Motion Capture’ es impresionante y la sensación de tridimensionalidad es total.

Las Aventuras de Tintín conjuga a la perfección una gran historia con una impecable realización. Y todo ello desde la animación (partiendo de actores reales), pero sin crear una película infantil. Al igual que los cómics de Hergé, que sin ser para niños pueden ser leídos por ellos, Spielberg no se encasilla y no hace una cinta para imberbes, sino que, al más puro estilo del escritor y dibujante belga, crea una gran obra, una Oda a Tintín, una Oda a Hergé.

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“Caballeros, estoy muy orgulloso de ustedes”

La ética del esfuerzo aparece reflejada en innumerables ensayos, novelas, películas… En diferentes ámbitos, ya sean sociales, culturales o deportivos, el sacrificio como medio para lograr ciertos fines suele estar bien visto. Uno de los mejores pintores, Pablo Picasso, hizo famosa una cita que resume todo esto a la perfección: “La inspiración existe, pero debe encontrarme trabajando”.

La película de la que quiero hablar, “Coach Carter” (dirigida en 2005 por Thomas Carter), también tiene el trabajo como leitmotiv. En esta cinta, el protagonista es el esfuerzo de un grupo de jóvenes (con un gran riesgo de caer en la delincuencia o las drogas) dentro de una cancha de baloncesto. Este trabajo, físico y mental, les posibilitará un futuro mucho más optimista.

El ‘gurú’ que idea la combinación de trabajo y baloncesto como facilitador de una vida mejor es Ken Carter, personaje en el que está basada esta película. Samuel L. Jackson interpreta a este entrenador de High School que se adentra en el problemático barrio de su niñez para llevar al equipo de baloncesto del instituto Ritchmonds. Carter, que ostenta varios récords de anotación y asistencias con los Oilers, impondrá a estos jóvenes un severo método de trabajo que hará crecer tanto al equipo como a cada uno de sus miembros.

En una de los últimos momentos de la película, Jackson pronuncia esta frase: “Vine a entrenar a jugadores de baloncesto y ustedes se han hecho estudiantes. Vine a enseñar a niños y se han hecho hombres”. Esta cita resume la película de principio a fin, pero no muestra los obstáculos que tienen que superar estos aprendices de pandilleros para introducirse en una vida ordenada y que, a buen seguro, les deparará notables éxitos.

El esfuerzo del que habla “Coach Carter” no es simplemente el esfuerzo físico: correr innumerables horas para mejorar resistencia o velocidad. La cinta va más allá. Explica el trabajo académico que realizan unos jóvenes (alguno prácticamente analfabeto) para mejorar sus calificaciones y lograr entrar a una universidad. Al comenzar su andadura con los Oilers, Carter da a cada uno de los jugadores un contrato: Deberán sacar una nota mínima, dejar a un lado sus ropas de pandillero y, los días de partido, vestir traje. También tendrán que acometer ciertas horas de voluntariado y acudir asiduamente a clase, sentándose en primera fila. Si no cumplen una por una estas condiciones, serán apartados del equipo

Los Oilers comienzan a ganar partidos, a subir en la tabla clasificatoria. Pero, cuando el grueso del grupo incumple este contrato y es sancionado, Carter deberá lidiar no sólo con el equipo, que monta en cólera. El entrenador tendrá que hacer frente al Sistema, que solo busca el éxito hoy y ahora, sin pensar en este futuro. Pero el Sistema no lo conforman exclusivamente los profesores del instituto, que ven el baloncesto como una forma de apartar a los muchachos conflictivos del equipo de sus clases, sino y lo que es más preocupante, por los propios padres, que pretenden echar por tierra todo aquello por lo que lucha Carter: no quieren formar personas, quieren que sus hijos sean jugadores de baloncesto.

Por eso, cuando al más puro estilo de “El club de los poetas muertos”, los estudiantes siguen las enseñanzas de Carter y llenan con pupitres el pabellón para demostrar su acuerdo con los heterodoxos métodos de su entrenador, que en el discurso final de la película, convierte una prematura derrota en los play-offs en una victoria fuera de las canchas. Una frase resume la actitud de Carter y lo que piensa sobre la evolución de sus muchachos: “Caballeros, estoy muy orgulloso de ustedes”.

 

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El sueño americano

Triunfar sin olvidar tus raíces. Tener una mansión, cochazos, asistir a fiestas de lujo, conocer a famosos, ir a eventos VIP por la patilla, ser capaz de colar a un montón de jovencitas de buen ver con solo una sonrisa. Ser un bon vivant. Ese es el sueño americano, cumplido a la perfección por Vincent Chase (Adrian Greiner) en la fantástica serie de HBO “Entourage”  (traducida lamentablemente al español como “El Séquito”), que acaba de concluir su octava y última temporada.

Entourage es la historia de Vince Chase, un actor neoyorquino que tras muchas eventualidades triunfa en Hollywood. Vive rodeado de sus amigos: su hermano Drama (Kevin Dillon) y sus colegas Turtle (Jerry Ferrara) y Eric “E” (Kevin Conelly). Sin embargo, el mejor personaje es el de Ari Gold (Jeremy Piven), un agente cinematográfico que saca la carrera de Vince de cualquier atolladero y la eleva hasta el Olimpo hollywoodiense.

¿Por qué triunfa Entourage? Lenguaje desenfadado, ambientes “cools”, diálogos hilariantes, personajes increíbles, buenos guiones… y un toque fiestero, con famoseo y toda la farándula norteamericana. ¿Quién no querría salir de fiesta con actores y actrices hiperconocidos, con estrellas de la NBA y las más bellas modelos, todo ello regado con champán Cristal?

A lo largo de sus ocho temporadas, los personajes evolucionan. Crecen con el desarrollo de la serie, cambiando sus puntos de vista y las acciones que realizan, lo que le da un toque bastante creíble. Los diálogos son tronchantes y las situaciones tan surrealistas y a la vez tan reales que tienes la impresión de estar viviendo el verdadero Hollywood.

Ahora que ha finalizado Entourage, podemos comprender totalmente la historia. No representa otra cosa que el sueño americano. Un chico de Brooklyn triunfando a lo grande en el extraño Hollywood, codeándose de tú a tú con todo tipos de personajes a los que solo unos meses antes habría pedido autógrafos.

Tras el fin de la serie crece la rumorología. Se especula con la realización de una película, algo bastante de moda, ya que en varias webs también se ha hablado de la posibilidad de que Friday Night Lights continúe en la gran pantalla, con otra película.

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Medievalismo mágico

“Juego de Tronos” (“Game of Thrones”, 2011, basada en la serie literaria de George R. R. Martin) sigue el camino que la HBO traza para todas sus creaciones: una producción muy cuidada hasta el más mínimo de los detalles, tiempo para desarrollar el guión, una buena selección de los actores, unas tramas interesantes y sobre todo un gran desarrollo de los personajes.

Con esta serie nos adentramos en una Edad Media un tanto sui generis, ya que a lo largo de los diez capítulos de su primera (y hasta el momento única) temporada se alternan los complots en la corte, los duelos de espada y las justas con personajes inverosímiles y ajenos a este mundo real, como los ‘White Walkers’ que sirven de apertura en el primer capítulo. En “Juego de Tronos” se atisba lo que se ha comprobado en “Tru Blood” (también de la HBO): un creciente número de personajes mágicos a lo largo de las próximas temporadas.

Game of Thrones, al contrario de lo que suele pasar con otros productos de la HBO (que necesitan, como dicen de los buenos vinos, de un tiempo para acabar de atrapar), engancha desde el primer momento. Tiene todos los ingredientes necesarios para resultar atractiva. Tramas simples pero no facilonas; personajes muy bien desarrollados, con unas relaciones muy bien construidas; los suficientes momentos de acción para no ser lenta, pero no los demasiados para confundirse con “Spartacus”; conjuras palaciegas y hasta un toque “padrinesco”: la familia es lo primero.

No podría deciros de qué va “Game of Thrones” sin reventar la serie, sin convertirme en un mago del spoiler. A grandes trazos es lo que ya os comenté, una muestra del poderío cualitativo de la HBO: buen guión, una trama entretenida, buenos actores, mejores personajes… Todos los capítulos acaban en un “in crescendo” formidable… y qué decir de la conclusión de la primera (y hasta ahora única temporada). Te deja con muchas ganas de más y con afán de decirle un par de cosas a aquél que se inventó lo de “lo bueno si breve, dos veces bueno”. Pues no, queremos más; queremos conocer los tejemanejes de los Siete Reinos. Queremos más Medievo. Y más Magia.